Mi nombre es Miguel, soy un ser humano, y soy un adicto.

Después de largos años de dolor, soledad y miseria debido a una poderosa adicción que me consumía, decidí pedir ayuda por primera vez a mis cuarenta años de edad para salir del pozo en el que me había metido.

Ingresé en un centro de rehabilitación y empecé a ver una luz que creía imposible para mí. Aunque la cruda realidad es que tuve que afrontar unos cambios radicales en todos los sectores de mi vida.

No ha sido nada fácil mi recuperación, ya que fui un adicto activo al alcohol, al juego y a la cocaína durante más de veinte años. Pero a pesar de mi serio y constante consumo de drogas, y de mi vicio al juego, siempre pensé que mis placeres, o adicciones, como quieran llamarles, formaban parte del mundo en el que vivía.

Socialmente siempre me sentí aceptado por mi entorno tanto en Barcelona, mi ciudad natal, como en Londres, hasta que la adicción fue apoderándose de mí sin yo ser consciente de ello. Fue entonces cuando me aislé y abandoné mi mundo al sentirme totalmente rechazado.

El fantasma escondido: la adicción.

Desde que tengo uso de razón, incluso antes, siempre tuve la extraña sensación de no estar donde me tocaba, de no encajar, completamente, en ningún ambiente que viví. Eso no quiere decir que no fuera feliz, que lo fui, y mucho, gracias en gran parte a las buenas personas con las que tuve la suerte de compartir mi vida.  Era más la sensación de que necesitaba más que nadie para ser capaz de disfrutar del mundo en el que vivía.

Puedo decir, con cierto orgullo, que llegué a tener todo lo que consideraba importante, e incluso consiguiendo todo lo que deseé, nunca fue suficiente para mí; siempre buscaba más y más, sin saber qué era lo que realmente quería, desestabilizando a mis seres queridos con mi desatada ambición por buscar una felicidad o paz que no conseguía retener.

Nada de lo que tuve hizo nunca que me replanteara mi manera de vivir. No fue suficiente el tener una mujer hermosa, buena, noble y leal, ni ser el padre de dos preciosas criaturas. Disponer de un gran grupo social y del apoyo incondicional de mi familia. Tenía todo lo que había soñado, y aún siendo consciente de ello, era incapaz de sentirme agradecido por la vida. ¿Cómo era posible? Algo fallaba gravemente en mí.

Fue precisamente cuando nacieron mis dos hijos que mi consumo se disparó. Que contradicción! El momento más esperado, el que supuestamente debía ser más feliz para mi esposa y para mí, no hizo que me calmara, sino que, en cambio, me sirvió como excusa para consumir más y más, para ir abandonando definitivamente mi realidad.

El sentimiento de que nada tenía sentido ni valor se adueñó de mi ser, convirtiendo mi casa en un infierno para mí y para los que yo más quería. Mi vida acabó estando completamente gobernada por mis adicciones y siendo totalmente ingobernable para mí. Solo en mi punto más bajo pude ver la persona miserable en la que me había convertido y fui capaz de reconocer, por primera vez, que necesitaba ayuda.

Finalmente decidí darle una oportunidad a la vida e ingresar en un centro especializado de rehabilitación. Sin ninguna duda, la mejor decisión de mi vida.

Abre los ojos. El mundo está ahí.

Hoy soy consciente de que la desconexión del mundo que sufrí debido a mi adicción fue tan exagerada que hizo que la conexión que siento hoy a todo lo que me rodea sea tan poderosa. Estoy muy agradecido por ello. Un fenómeno difícil de explicar con palabras.

Una vez entendí que yo, y solo yo, tenía la culpa de mi miseria, también entendí que yo, y solo yo, tenía la llave de mi felicidad. Todo cambió a partir de ese momento. Empecé a experimentar una sensación de libertad que nunca había conocido y a desprenderme de una ansiedad que fue mi compañera de viaje durante toda mi existencia. Que solo me condujo a vivir con miedo y que me hizo tomar unas decisiones vitales que, en muchos casos, no fueron nada acertadas para mí.

El despertar emocional, con la pérdida del miedo a sentir, me ha permitido apreciar el mundo de una manera mágica. Sentir que la naturaleza me transmite su energía. Algo indescriptible y precioso, algo que me hace sentir su poder y que me conecta a todo lo que me rodea.

Ya no necesito el refugio de las drogas para crearme un mundo ideal que me protege, sino que encuentro la fuerza emocional en la energía positiva de este planeta mágico que es la Tierra. Estaba viviendo en al paraíso y no me había dado cuenta!

La escritura y su poder de transformación

La escritura ha tenido un papel fundamental en mi proceso de recuperación.

Durante estos cuatro años de sobriedad he escrito libros de diferente índole en los que he volcado todo lo que tenía dentro. Me ha enseñado a pausarme, a observarme por dentro, a poner cara y forma a mis sentimientos.

Mis personajes son hoy la manera que tengo de expresar mi enfado, de proponer mis dudas, de explicar mis miedos. Ellos viven conmigo, se apoderan de mí y extraen con furia lo que compone su carácter.

Yo los dejo vivir. Dejo que me cambien, que muten, que me transformen, que me acompañen en esta apasionante aventura que es la vida.

Déjame un comentario, si te apetece.

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