¿Por qué escribo?

El 17 de Julio del 2018 me dirigía desde Londres hacia Alicante para iniciar mi proceso de rehabilitación de drogas y alcohol en un centro de Jávea. Me esperaban tres meses por delante en los que no sabía que me iba a suceder. Lo único que tenía claro es que ingresaba en una especie de prisión, un lugar que me aislaba del mundo exterior. Algo que no me había pasado en toda mi vida.

Recuerdo estar mirando las nubes blancas por la ventanilla del avión y convencerme de que iba a escribir un libro. ¿Cuántas veces se lo había prometido a mi esposa? ¿Cuántas veces me lo había jurado a mí mismo? Las mismas que había fracasado. Por ello, esos pensamientos ilusionantes no me sonaban más que a buenas intenciones, a fantasiosas ideas para salir del paso.

Los primeros quince días estuve muy cansado, ausente, completamente rendido. Es difícil de comprender para alguien que no ha pasado por ello lo que te sucede cuando dejas las drogas y/o el alcohol. Se te cae el mundo encima, te sientes pequeño y miserable, y tu único alivio es irte a dormir. Desaparecer, y cuantas más horas, mejor.

Pero tenía metida la idea en la cabeza de que lo iba a intentar y convencí a una trabajadora del centro para que me acompañara al pueblo. Hacía mucho tiempo que no tocaba un ordenador, ni siquiera sabía si realmente iba a escribir, y compré el portatil más barato que encontré. Llegué al bungalow número tres, ese espacio austero y con poca luz que fue mi casa durante tres meses, y lo dejé encima de la mesa. Ahí se quedó unos cuantos días.

Finalmente, con un esfuerzo titánico, comenzé a teclear. Me hice un guion, me ilusioné con el proyecto, y lloré en cada capítulo en los que volqué toda mi ira. Una ira voraz y nuclear, una montaña sumergida de ácidos resentimientos.

No logré acabar ese primer libro, se me cayó a pedazos en su parte final. En mi cabeza aún habitaban más paranoias que situaciones reales y me fue imposible dar un final coherente a la historia. Pero sentí un extraño alivio, como un sincero sentimiento de satisfacción. Lo había intentado, lo había sufrido, el camino había valido la pena.

Buscando a Miguel

En Londres, después de tres exitosos meses de recuperación, me instalé solo en mi nuevo piso de padre separado. Me moría por ayudar a otros adictos, por transmitir ese mensaje positivo que había calado en mí, y conseguí un empleo como trabajador de soporte en un centro de rehabilitación. El sueño de todo adicto en recuperación.

La cosa no fue exactamente como yo esperaba. Algunos clientes tenían una actitud positiva en los que veías cierta intención de recuperarse, pero la mayoría solo estaba en el centro para desintoxicarse. No hacían ese trabajo emocional doloroso y necesario que te hace vulnerable, pero que te permite tener una opción frente a la adicción. Una pequeña, pero que vale la pena. Me decepcioné un tanto, quizás tampoco estaba totalmente preparado, y tras unos meses de dedicado esfuerzo decidí que era el momento de escribir ese libro.

Estructuré la historia de mi vida con el hilo conductor de la adicción, y analicé con detalle los pormenores por los que yo creía había acabado en esa situacion. Tardé practicamente un año en terminar “Human, historia de un adicto”, un ensayo escrito desde el corazón. Recibí un par de ofertas de publicación por editoriales híbridas en el Reino Unido, pero al final decidí, por temas personales, que era mejor no publicarlo.

El salto a la literatura

“Human” no fue un trabajo en balde. A parte de los evidentes beneficios psicológicos que supuso para mí hacer una feroz introspección de mí mismo, captó la atención de un gran escritor catalán, Santi Baró, que me propuso hacer de mi ensayo una novela.

Y así empezó Wo Man, lo que sería mi ópera prima.

Tenía claro la época en la que quería centrar la historia, en esos últimos dos años de adicción activa donde me sucedieron a diario situaciones surrealistas. Me sumergí, en ese tiempo, en un mundo completamente diferente al que habia sido educado, desarmado y vulnerable, expuesto a los peligros de un submundo en el que acabé por sentirme extrañamente cómodo.

Me divertí, aprendí, sufrí, viví, y deambulé por un fino hilo en el que cada día lo más lógico era caer al precipicio. Mi vida se convirtió en una montaña rusa de emociones, un sinfín de dramas inagotables que nunca acababan de llenar ese vacío corrosivo que sentía por dentro. Cocaína, alcohol, juego, casinos, música, discotecas, y un elenco de personajes histriónicos de otra galaxia que nunca imaginé se iban a convertir en los protagonistas de mis libros.

La muerte, la amistad, el romance, los celos, la maldad, el engaño, la pobreza del espíritu, todo forma parte de Wo Man. Porque cuando no tienes nada que perder, la vida te deja ver la realidad sin filtros ni edulcorantes.

El tema de la adicción en mis libros

Los personajes de mis libros, hasta el momento, están marcados por la adicción; por ser adictos o por convertirse en adictos. Es difícil esa distinción.

¿Has nacido ya con esa predisposición a obsesionarte con algo, con esa ansiedad que te hace ser un ser compulsivo por naturaleza, o bien con tus elecciones podrías haber cambiado el rumbo de tus pasos?

¿Tuve yo alguna opción?

¿La tuvo Clara cuando abandona lo que más quiere?

¿Qué crees tú? Me encantaría conocer tu opinión. 

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